El lenguaje del cuerpo de Eyal Meyer

Hay un lenguaje que el actor nacional de 33 años, Eyal Meyer, domina a la perfección, el lenguaje del cuerpo. Y es que incluso mucho antes de convertirse en actor el protagonista de nuestra sección “Yo amo mi bicicleta” de la edición de mayo cultivaba este lenguaje a través de la natación, el fútbol y las técnicas corporales. Luego vendría su ingreso a la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile donde su principal herramienta de trabajo sería el cuerpo, estando en directa conexión con la danza, la performance y la actuación.

Su graduación en este lenguaje llegaría con las prácticas de yoga ashtanga y probablemente con la disciplina que le ha entregado mayor satisfacción en los últimos años y de la cual también es instructor, el Kalarippayattu, arte marcial milenario que proviene del sur de la India y cuya disciplina es una de las primeras que realiza abstracciones de la naturaleza animal en sus prácticas.

“Mi vinculación con esta disciplina fue por el lado de las técnicas corporales. Tenía muchas ganas de realizar algún tipo de arte marcial, algo que me entrenara, que fuese como un desarrollo integral y que a la vez me permitiera sentirme libre sobre escena, o como actor. En eso quise probar el kung fu y de repente tuve un semestre en la universidad donde practicamos Kalarippayattu y desde entonces no he parado”, confesó el actor en junio de 2017 al programa “Una nueva mañana” en radio Cooperativa.

Eyal, que en hebreo significa “ciervo o venado” ha tenido una importante participación en teleseries, cine y obras de teatro nacionales, entre las que destacan “Soltera otra vez” (2011), “Preciosas” (2016), “La colombiana” (2017) y “Dime quién fue” (2017). Sus incursiones en el cine incluyen los largometrajes “Otra película de amor” (2011), del director Edwin Oyarce, “Gloria” (2013), de Sebastián Lelio, “Fuerzas especiales” (2014) de José Miguel Zúñiga, entre otros. Mientras que en teatro el actor personificó a Tony Manero en el musical “Fiebre de sábado por la noche” (2017) a cargo de la dirección de Moira Miller.

En la ocasión, y como era de esperarse, el actor nuevamente debió desplegar en escena todo su talento corporal. Un lenguaje del cuerpo que no solo es consecuente con la actuación, sino que también con el cuidado del medio ambiente y con el uso de un medio de transporte sustentable, la bicicleta.

−Yo amo mi bicicleta porque…

“Porque cuando ando en bicicleta me siento libre”.

−Mi destino favorito en bicicleta es…

“Todas las calles secretas que uno va descubriendo cuando se mueve en bicicleta por la ciudad”.

−Un lugar en el mundo al que pudiese llegar con mi bicicleta sería…

“Me imagino que recorrer India en bicicleta debe ser algo increíble. También alguna isla del Pacífico Sur, como, por ejemplo, Isla de Pascua o Tahití. ¡Imagínate lo que sería recorrer esas islas con el infinito mar de fondo!”

−Si tu bicicleta fuese tu coprotagonista en una teleserie, película u obra teatral, ¿de qué se trataría la trama?

“Creo que debería partir como una película normal, algo así como una persona que está junto a su bicicleta y, de repente, la trama tiene un giro hacia la ciencia ficción. Cae un meteorito a la tierra y la bicicleta recibe radiación, esto hace que la bici adquiera súper poderes que le permiten moverse sobre cualquier superficie, por ejemplo, murallas, sobre el agua, etc.

Hacia la mitad de la película el guion tendría otro giro, pasando de la ciencia ficción al terror. La bicicleta cobra vida y me comienza a perseguir, pero, como buen final, tendría un desenlace feliz, de esperanza y amor. Mi bici y yo, la amo (risas)”.

−Como auténtico bici lover ¿qué le hace falta a la ciudad para incentivar más el uso de la bicicleta?

“Creo que lo primero es partir por la cultura. Dentro de ese contexto es importante que todas las personas entiendan que quien se mueve en bicicleta está realizando un tremendo aporte para la ciudad. Es decir, es un auto menos, y en qué se traduce esto, en que se reduce la contaminación, se disminuye el volumen; ¡un auto menos es automáticamente más espacio para todos, es una calle mucho más amable!

Esa misma cultura, entonces, se puede traducir luego en infraestructura que le asegure al ciclista un espacio seguro para poder movilizarse en bicicleta, es decir, ciclovías. Anhelamos ser respetados como ciclistas, no solo desde la convivencia vial, sino que también con espacios acondicionados para poder estacionar con tranquilidad ¡y que no te miren feo cuando llegas a un lugar con tu bicicleta!”

*Fotografías: Fredy Orellana.

Revisa la galería completa en el Instagram de La Dolce Bici

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